viernes, 30 de enero de 2009

Cuando las cosas se ponen feas



Dicen que la crisis recién está llegando. Comenzamos a ver desfiles de personas en busqueda de seguros de desempleo y no es sólo aquí, en Uruguay. Los Gobiernos parecen no percatarse, tratan de minimizar la situación pero los expertos saben que esto recién empieza, que nadie saldrá ileso de este estado de cosas.

Pero creo que lo que trae esta crisis va mucho más allá de un trabajo, de una rebaja de sueldo o de una carestía implacable.

Va más allá porque provoca un daño irreversible en las personas. Una falta de confianza, una marca indeleble en el cerebro, un bloqueo total de nuestras capacidades personales.

Hay algo peor, pienso yo, a todo esto y ¿saben que es lo peor?
Que hay seres humanos que aún en esta crisis mundial están sacando un provecho económico, hay quienes en este momento tremendo que vive la humanidad se están enriqueciendo y entonces me pregunto, ¿cómo puede ser?

¿No es delito eso?
¿No hay un juez, salvo el divino que haga justicia con los que, olvidando a sus semejantes siga comiendo caviar?

Pueden llamarme como gusten, resentida si quieren pero no me entra en la cabeza como se puede ser tan insensible y usar la desesperación del mundo para enriquecer arcas privadas.

No lo puedo entender y me pregunto, ¿es esto justo? ¿en que mundo vivimos?

Dicen que nuestras riquezas en el más allá serán las que le hayamos dado a los pobres.

Van a decir que soy una divagante, que no soy clara en mis conceptos o que soy una inmadura o una vieja resblandecida. Es cierto todo eso pero sigo impresionándome ante las injusticias, gracias a Dios todavía tengo la capacidad de asombro intacta porque sigo creyendo en el ser humano y cuando veo tanta deshumanización me impresiono. Por suerte son muchos menos los malos que los buenos, si fuera lo contrario ya no quedaba ser humano en la faz de la tierra.

Eso sí, los malos hacen mucho más ruido.

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